Urbanismo de consenso, urbanismo de autor y urbanismo de la acción. Espacio público en Barcelona, entre la ciudad de la crisis y las ciudades inteligentes.

6 Marzo, 2013

En el reciente texto de Richard Sennet A nadie le gusta una ciudad demasiado inteligente (2012) se hace una valoración de la convención sobre las “ciudades inteligentes” que acogió Londres y luego Barcelona a finales del año pasado. El autor en el escrito advierte sobre el debate abierto en torno a las limitaciones de la “planificación científica” y, también, sobre la aplicación de las tecnologías en la ciudad, desde la perspectiva del querer encajar todas las piezas de la vida urbana. No hay nada maligno -comenta Sennet- en dichas convenciones, el problema estaría en el hecho de promover un excesivo control en aras de una “optimización” de la cotidianidad en la ciudad. Es evidente que la ciudad, y la vida en la ciudad, están marcadas también por el azar y su desarrollo se da, a veces, por las rendijas de lo que no está permitido, e incluso se proyecta a través de aquellas “irregularidades” que, al final, son las que producen sensación de vecindario y de apropiación de su espacio público.

En la ciudad en distintas épocas, realidades urbanas y por intervención de diversos actores, se ha afrontado el reto de la producción, configuración o reconfiguración del espacio urbano: espacio público y espacio colectivo. Para esto se han llevado a la práctica diversas políticas, estrategias y proyectos urbanísticos y, a la vez, se han desarrollado procesos de reivindicación y se han puesto en escena diferentes formas de “conflictos urbanos”, conformando en su globalidad las múltiples facetas del proyecto imposible, pero necesario, de la ciudad y de lo público. En un mundo urbano inmerso en procesos de fuertes cambios y en donde la globalización ha hecho dominante el guión de un urbanismo neoliberal, el espacio público persiste y se resiste a ser dominado. Este ámbito dinámico complejo y contradictorio -en donde se intenta ejercer el poder, bajo la concepción de la ciudad como una máquina de crecimiento y motor económico, y en donde la desigualdad socio-espacial se representa con el deterioro de las experiencias cotidianas-, es también el lugar de las reapropiaciones y de las resistencias, que plasman las luchas por el espacio público. Surgen estrategias subalternas que buscan domesticar la ciudad neoliberal, y posiciones contrapuestas a las dominantes que se concretizan mediantes las acciones de nuevas organizaciones que reivindican el derecho a necesidades básicas para el ciudadano como son la alimentación, el trabajo, la educación y la vivienda: solicitudes que no son nuevas y que, sin embargo, hoy retoman fuerza como respuesta a las presiones financieras más recientes.

El espacio público es el espacio físico y social de la ciudad donde la gente ejerce sus derechos de expresión y ocupación y se resiste a ser normatizado; espacio donde -frente al empequeñecimiento del sector público y a la suma de necesidades ciudadanas insatisfechas- se concretizan múltiples iniciativas de la sociedad civil, que se auto-organiza y establece redes sociales de colaboración para conseguir objetivos comunes a través de la acción. Espacios en abandono, intersticios “vacíos urbanos” y patios traseros de la ciudad se convierten en parques y lugares de encuentro y actividades comunes; grupos de jóvenes auto-construyen espacios para sus prácticas deportivas; se establecen formas de comercialización de alimentos a través de redes de vecinos; se defienden y ocupan edificios para usarlos como equipamientos: estos son ejemplos bastante actuales y representativos de reivindicación ciudadana, que ya empiezan a repercutir, en algunos casos, como nuevas formas y estrategias de actuación impulsadas por los mismos ayuntamientos (Pla Buits del Ayuntamiento de Barcelona).

La aparente novedad no debería representar la negación u olvido -por lo menos en el caso de Barcelona- de las transformaciones urbanas llevadas a cabo gracias a diferentes estrategias y relaciones entre políticas urbanas y reivindicación social que, ya desde la época pre-olímpica, se nutrían de los nuevos aires de la democracia, y que derivaron en el llamado Modelo Barcelona con sus luces y sus sombras. Explicar esta transformación a partir de un urbanismo que se reduce a las actuaciones específicas, a los proyectos urbanos y a los resultados “más visibles”, sería contar una historia a medias. Las transformaciones urbanas llevadas a cabo en Barcelona, así como otras experiencias destacadas de otras ciudades como Bogotá (Plan Formar Ciudad 1995), Río de Janeiro (Favela Bairro, 1993) o Medellín (Plan de desarrollo de Medellín, 2004), han tenido como base acciones de reivindicación vecinal y, sobre todo, la concomitancia entre poder político, profesionales y comunidad.

En la época posterior, de la que vivimos todavía sus últimos coletazos, hemos asistido a la desproporcionada producción de arquitecturas “de autor”, al desplazamiento de la participación ciudadana y al posicionamiento de un urbanismo despótico, que ha secundado la iniciativa y los intereses privados construyendo una imagen urbana basada en la arquitectura del Star System: un modelo en claro declive en la actualidad más por causa de las limitaciones económicas, que por una reflexión concienzuda de sus impulsores.

El escenario actual es el de un urbanismo marcadamente reivindicativo, dando lugar a acciones low cost, rápidas, estratégicas, en torno a grupos sociales y simbólicamente reflejadas en “artefactos” y en “actos”, donde el espacio urbano vuelve a ser objeto de discusión, de apropiación y de “proyecto”. En el se presenta una importante participación e iniciativa de la ciudadanía, para la construcción “común” de una propuesta de transformación dirigida a un futuro escenario deseable. Se trata de un urbanismo que recuerda los inicios de la época democrática en Barcelona, aunque su rasgo más distintivo es, tal vez, el hecho que el se abren nuevas oportunidades de trabajo para sectores en crisis, como el de la arquitectura y del urbanismo, mediante el aporte de jóvenes arquitectos, educadores sociales, antropólogos, geógrafos o ingenieros –por citar solo algunos- que trabajan con la comunidad proponiendo soluciones innovadoras y creativas, así como el aporte de profesionales ya reconocidos a partir de una visión más enfocada al “espacio común”: todas propuestas difíciles de valorar aún en su conjunto, y que al juntar acción y reflexión, pueden llegar a proyectarse con resultados incluso a medio y largo plazo.

Propuestas como la reivindicación de un solar para su uso como parque público (El Forat de la Vergonya en el Casco Antiguo en Barcelona); la recuperación de un antiguo espacio industrial como equipamiento (Can Batlló en Sants); la reutilización de manera transitoria de un espacio en desuso (El Campo de la Cebada en Madrid); la reivindicación del uso colectivo de un solar vacío (El Solar de Germanetes en el Ensanche en Barcelona); las estrategias de activación de un eje cívico de barrio (Metamor-Eje en la Calle Ribes del Barrio Fort Pienc en Barcelona) o las propuestas del grupo de arquitectos Straddle3 para la apropiación del espacio público por parte de la comunidad (Guía para la activación del espacio público) son solo unos de los posibles ejemplos de estas acciones y formas de organización en diferentes ámbitos urbanos y lugares de aplicación.

No hay duda de que el espacio público es la calle, la gente y la ciudad, que se expresa como un espacio lleno de relaciones, donde se escenifican procesos de integración y de conflicto entre los ciudadanos, de control y de desregulación, de relación entre lo individual y lo colectivo, entre lo privado y lo público, entre lo físico y lo virtual, entre lo planeado y el azar. Procesos que deben encontrar formas de mediación a partir de una idea de consenso, encuentro y desencuentro que debería contemplar la diferencia, los contrastes, las problemáticas y las soluciones en el tiempo. La reivindicación sobre el espacio público, los equipamientos, la vivienda, el empleo y el derecho a la ciudad en general, está produciendo formas de organización ciudadana que además de incentivar transformaciones urbanas, constituyen espacios de encuentro y discusión política y ciudadana.

Las acciones concretas que se acompañan de reflexiones sobre la gestión económica, jurídica y técnica, congregan a la comunidad con los profesionales y los no especialistas en temas urbanos, en la exploración de soluciones y alternativas a la construcción del espacio urbano y la ciudadanía. De la misma manera las acciones reivindicativas más actuales sobre el espacio urbano, parten de un salto de escala que va desde la casa, al vecindario, a la escala local e incluso global (ver el caso español de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y comparten entre sí el hecho de ser un importante entrenamiento y espacio de encuentro para la democracia, la equidad y justicia urbana.

La promoción pública y privada de la diversidad de espacios públicos y colectivos; la apropiación organizada y espontánea de la ciudad con su empoderamiento por la ciudadanía; el desarrollo de proyectos colaborativos y locales a corto y mediano plazo; la potenciación de proyectos en código abierto, para el establecimiento de un control democrático de las gestiones de lo público y urbano, etc., constituyen -entre muchas otras opciones- un conjunto de estrategias e instrumentos válidos hoy para la construcción de un proyecto en favor del espacio público. Sin embargo también es importante destacar que este tipo de “democratización” del proceso participativo, debería siempre tener en cuenta aspectos funcionales y formales en términos de accesibilidad o calidad urbana y arquitectónica, que dignifican el espacio, garantizan su habitabilidad en términos urbanos y favorecen su uso también en términos cualitativos.

En este ámbito de actuaciones, se experimentan propuestas principalmente a corto y mediano plazo, que parten de la interacción entre vecinos, donde se establecen redes de colectivos que se convocan y organizan a través de la utilización de nuevas tecnologías, hecho que se traduce en una importante repercusión que se concreta en una suma de experiencias compartidas. Siempre se corren riesgos: la manipulación de estas acciones por actores intermediarios; el planteamiento de propuestas que pueden ser fugaces o incluso no llevadas a cabo; o sencillamente la obtención de resultados que no eran los deseables u “óptimos” en términos cuantitativos y cualitativos. A pesar de esto, son acciones que en su conjunto constituyen prácticas a tener en cuenta en la construcción de la ciudad actual.

Para David Harvey el espacio público ideal es un espacio de conflicto continuo y con continuas maneras de resolverlo, para que éste después se vuelva a reabrir. Tal vez sea en la evolución continua del conjunto de las reflexiones y de las acciones, en los encuentros y desencuentros entre actores y acciones, que radica la posibilidad de avanzar en este “proyecto imposible”, en donde reside la verdadera inteligencia de las ciudades.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Doctor arquitecto. Profesor asociado en la ETSECCPB-UPC. Asesor urbanístico del área de Ecología, Urbanismo y Movilidad del Ayuntamiento de Barcelona. mayorgafontanaarqs.wordpress.com / Linkedin
...

Comentarios

Deja un comentario