UOC Ciudades

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Blog del Máster oficial de Ciudad y Urbanismo

El espacio público, ese protagonista de la ciudad

Patricia Rodríguez Alomá 1 Octubre, 2013

1. ¿Qué es el Espacio Público?

El Espacio Público es el lugar de la ciudad de propiedad y dominio de la administración pública, lo cual responsabiliza al Estado con su cuidado y con garantizar el derecho universal de la ciudadanía a su uso y disfrute.

Desde el ámbito físico, se le puede considerar como el “vacío” urbano conformado por los volúmenes construidos en las zonas centrales de la ciudad1 y suelen ser los espacios en los que con mayor protagonismo se expresa el verde de la ciudad y donde tradicionalmente han sido ubicadas esculturas artísticas de mediano y gran formato y monumentos conmemorativos.

Ellos contienen aquello que se ha dado a llamar “mobiliario urbano”, es decir, equipamientos que facilitan su uso: luminarias, bancas, papeleras, estaciones de autobuses, señalética de tránsito y de información general, entre otros.

Siendo los servicios urbanos una responsabilidad del sector público, entonces los Espacios Públicos son además los lugares por donde transcurren y se desarrollan las redes de infraestructura vial, de transporte y técnicas, que garantizan la habitabilidad, sean estas de superficie, soterradas o inalámbricas.

A todos estos elementos de carácter objetivo que distinguen al Espacio Público hay que añadir las connotaciones subjetivas derivadas fundamentalmente por el uso tradicional y el cotidiano, por los imaginarios individuales y colectivos, relacionados con historias personales, hechos históricos, leyendas urbanas y movimientos populares. El Espacio Público es el lugar por excelencia de la expresión política y los derechos ciudadanos.

Pero además de todas estas connotaciones objetivas y subjetivas el Espacio Público contiene, por su propia esencia, una característica fundamental: permite conectar lugares y personas de todo tipo y procedencia, en cualquier momento. Por lo tanto, el Espacio Público es intrínsecamente el más democrático de la ciudad al facilitar el intercambio más heterogéneo en tiempo, espacio, edad, género, nacionalidad……

2. ¿Es tan importante el Espacio Público como lo pintan?

Las plazas, paseos, parques y jardines, calles y avenidas que conforman el espacio público en la ciudad tradicional, constituyen el primer elemento de percepción del lugar. Del impacto que él produzca, dependerá una actitud de repudio o acercamiento al centro histórico y por extensión a las zonas centrales citadinas.

Cuando el espacio público está degradado, provoca un inmediato rechazo. Si no está bien iluminado, ni hay actividad nocturna que lo anime, será percibido como peligroso y muy probablemente lo sea; si los edificios que lo circundan tienen funciones inapropiadas – talleres ruidosos, almacenes que generan tráfico pesado – o están arruinados, nadie acudirá a ellos para pasar su tiempo libre, interrelacionarse socialmente, o por simple curiosidad.

Lo que sucede en el espacio público está intrínsecamente relacionado con el uso de las edificaciones que lo conforman. La monofuncionalidad a que han sido condenados muchos centros históricos y áreas centrales en general, sumado al vaciamiento de viviendas, generó una distorsión perversa: el desequilibrio polarizado de uso en horarios. Durante el día resultan bullideros caóticos, saturados de olores y sonidos, de una animación extrema, pero cuando cierran los recintos con actividades terciarias, los lugares se vuelven solitarios y generan inseguridad o la percepción de ella, que es casi igual de nocivo.

Hace más de una década Fernando Carrión comentaba: A mayor deterioro del patrimonio mayor sentimiento de inseguridad y si se incrementa la inseguridad, habrá mayores externalidades negativas para la conservación.

La falta de control sobre el espacio público, primera percepción del lugar patrimonial, implica la acumulación de una gran cantidad de complejos problemas, mientras que su gobernabilidad generará oportunidades extraordinarias para solucionarlos.

Los espacios públicos devienen así lugares de especial importancia en el escenario de la recuperación urbana como elementos dinamizadores, pues cuando son remozados generan automáticamente “externalidades positivas”, es decir, sinergias que atraen personas, recursos, inversión. Su reconquista supone enfrentar una vasta gama de conflictos, cuya solución constituye uno de los principales retos para el desarrollo integral.

Intervenir en el espacio público implica la concentración y concertación de una serie de acciones y actores con un resultado muy visible y multiplicador que garantiza el retorno y apropiación de las zonas centrales por parte de la ciudadanía, como el mejor escenario para volver a ejercer de ciudadanos.

3. ¿Cuáles son los principales conflictos del espacio público?

Inseguridad y criminalización

El deterioro generalizado, social y físico, que crea una imagen de abandono y marginalidad, incide desfavorablemente en la percepción del centro histórico y las zonas centrales, acentuándose la tendencia a ‘criminalizarles’ y mitificarlos como lugares peligrosos.

La ciudad tradicional es cada vez menos usada en su sentido de socialización a través de sus espacios públicos que ofrecieron en sus orígenes la posibilidad de interactuar con el otro, de hacer confluir la diversidad, de poder cruzarse en una calle o plaza con los vecinos, de ser disfrutados por niños y jóvenes.

Las posibilidades de intercambio se reducen en gran medida acentuadas por la inseguridad que provoca el ambiente inmediato y por ende aumenta el sentimiento de individualidad. Los vecinos no se conocen, los niños no juegan en la calle ni sus escuelas quedan en el barrio. La vida se hace de puertas para adentro, coartándose la socialización.

La sectorialización de la ciudad contemporánea atiende al nivel de consumo de sus “clientes”, ya no más de los ciudadanos, convirtiéndose las zonas centrales en escenario de sordos conflictos sociales que desencadenan reacciones violentas, bien por el reclamo de espacios de derechos fundamentales o por el aprovechamiento de estas condiciones de extrema pobreza por parte del crimen organizado, que encuentra en estos sectores de la sociedad el caldo de cultivo perfecto para la aparición de sicarios, pandillas, proxenetas, prostitutas, traficantes de drogas, como una posibilidad de obtención de “dinero fácil” con el cual saltar la brecha entre los dos modelos de ciudad que conviven: la sórdida, pobre y marginal y la rica, opulenta y tentadora. Una insegura y peligrosa, la otra segura y confiable.

Las asimetrías sociales, de crecimiento exponencial, han creado una polarización extrema de la sociedad donde se criminaliza al excluido. El imperio de las leyes del mercado, la difusión de la filosofía del “ganador” y el “perdedor”, las tensiones creadas por un comportamiento cada vez más elitista, racista, machista e inclusive fascista, van calando en la sociedad y en el lugar donde ella evoluciona o involuciona, o sea, en la ciudad; y su expresión más evidente se da en el espacio público.

¿Y donde se asientan generalmente estos sectores marginados? En las zonas centrales, abandonadas por las clases altas, nobles y oligarcas que en siglos pasados vendieron a la especulación los antiguos palacios. Ergo, los centros históricos son el asentamiento de ciudadanos potencialmente “peligrosos”. Y no deja de ser cierto que efectivamente en estos se dan las condiciones para que se desarrolle la criminalidad.

Según comenta Lucía Dammert: Sin duda el Centro Histórico es un espacio potencial para la violencia [que a su vez se ha convertido] en uno de los aspectos más dramáticos de la degradación y el deterioro del Centro Histórico, en tanto es –simultáneamente- causa y efecto de la misma…Los imaginarios sobre el Centro Histórico se construyen también sobre la base de estigmas: pobreza, mercado ambulante, tugurio, prostitución, inseguridad, con lo cual se definen posiciones, no para solucionar los problemas sino para expulsarlos.

Las clases altas y medias renunciaron al espacio público de la ciudad tradicional por miedo. Los pobres y marginales, se han visto obligados a convivir con él. Este fenómeno está perfectamente descrito por Jordi Borja hace unos años: La agorafobia urbana es el resultado de la imposición de un modelo económico y social que se traduce en una forma esterilizada de hacer la ciudad visible donde sea rentable e ignorando u olvidando el resto. La agorafobia es una enfermedad de clase, ya que solo se pueden refugiar en el espacio privado las clases altas…Los pobres muchas veces son las víctimas de la violencia urbana, pero no pueden permitirse prescindir del espacio público.

Ocupación, Invasión, Contaminación

Otro fenómeno asociado al espacio público es el comercio ambulante, conocido también como “informal”, al que se le puede ver desde ópticas diametralmente opuestas; solo una cabal comprensión de los intereses tan diversos que confluyen en su dinámica podría comenzar a dar soluciones convincentes. Cuando se le clasifica como ambulante, se le relaciona con la tradición de los tianguis de la época prehispánica, que aportan una riqueza étnica y cultural de absoluta legitimidad. Observados en su carácter de “informalidad”, se les adjudica un signo de ilegitimidad y usurpación. Pero en cualquiera de los dos casos, constituyen generalmente una alternativa económica de empleo y adquisición de bienes para las capas más desfavorecidas de la sociedad.

En el contexto neoliberal excluyente, quedan marginados del mercado laboral una gran cantidad de sectores sociales, lo cual supone, según Pérez Sainz, que esta modalidad de autogeneración de empleo está signada por lógicas de subsistencia, de ahí su denominación como economía de la pobreza. Se trata de pobres produciendo para pobres.

La mayoría de estos mercados ambulantes, tomados por mafias del mercado negro, son terreno fértil para el desarrollo de ilegalidades. Esta ocupación del espacio público ha ido creciendo de manera caótica, indiscriminadamente, provocando graves y complejas distorsiones urbanas: de orden legal (prácticamente se ha privatizado un espacio que es por derecho de dominio público), de orden físico (único uso comercial) y social (marginalidad reproductiva2). Enfrentar con valentía y decisión la invasión del espacio público, dando alternativas que no excluyan, sino que integren a todos los ciudadanos, constituye uno de los desafíos medulares para el ejercicio del gobierno de los centros históricos y las zonas centrales de la ciudad.

La solución de tan graves conflictos no depende exclusivamente de políticas locales. El analfabetismo, la exclusión social, la falta de empleos, la inaccesibilidad a la educación por parte de los infantes, son problemas raigales que han de ser resueltos en el ámbito nacional. Solo a partir de premisas articuladas en diferentes escalas, puede y debe ser legitimado el comercio ambulante, como una tradición y un derecho, que en buena medida ha de tener su expresión en el espacio público, bajo normas pactadas con la autoridad municipal.

Como bien plantean Jordi Borja y Zaida Muxi: El espacio público es una conquista democrática. La conquista implica iniciativa, conflicto y riesgo, pero también legitimidad, fuerza acumulada, alianzas y negociación.

Pero el espacio público también ha sido invadido por otros agentes altamente nocivos que atentan contra su esencia haciéndolo hostil: el automóvil privado, la contaminación atmosférica, la publicidad. Triada generada por una forma de vida predadora e insostenible.

La colonización del espacio público por el automóvil privado (usado por determinadas clases) desplazó al peatón de una forma casi absoluta; la calle dejó de ser un sitio de paseo para convertirse en un lugar por donde desplazarse a la mayor velocidad posible, o donde aparcar, impidiendo el cruce a medianía de cuadra; dejó de ser un lugar permeable para convertirse en superficie lisa que deviene torrente infranqueable de aguas lluvias que van a parar, en el mejor de los casos, a drenajes que no la reciclan; la cantidad de automóviles se incrementó de tal manera que en muchas ocasiones las calles tuvieron que ancharse, a costa de la transformación de la trama tradicional, e inclusive, crecer en altura multiplicándose verticalmente en pasos a nivel que generan nudos viales de tal complejidad que separan irremediablemente zonas de la ciudad, provocando verdaderas fracturas urbanas, al margen de crear espacios residuales absolutamente degradados, en las “zonas de seguridad” de bajos y flancos. El caos del tránsito vehicular fue tornándose en un peligro mas para los ciudadanos de a pié.

Obviamente esta cantidad de automóviles genera una contaminación del aire en el espacio público que, sumada a la producida por otras fuentes, produce daños a la salud y al medioambiente en sentido general, con todas las implicaciones agresivas que ello conlleva.

Y por último, la propaganda comercial, esa epidemia de la sociedad de consumo que no solo intoxica con mensajes publicitarios o distrae de la atención al tránsito, sino que cubre valores arquitectónicos, urbanos o paisajísticos sometiéndoles a su tiranía. La ciudad queda oculta tras enormes vallas con rostros, familias e imágenes generalmente muy diferentes a las mayorías que las observan.

Un trato especial deberá tener el Grafiti urbano, otro elemento que invade en los últimos años el espacio público y que va desde un reclamo social hasta una manifestación artística. Prohibirlo no es posible, ni soluciona el conflicto. Ignorarlo tampoco. Se trata sin dudas de un nuevo fenómeno citadino, cuya expresión se da en el espacio público y con el que sin dudas habrá que dialogar para que la convivencia sea enriquecedora y añada valor en vez que lo disminuya.

Fachadismo y escenografía

En la calidad de la imagen urbana que transmite el espacio público y en su seguridad, juega un rol fundamental la fachada de los edificios. Vanos tapiados, modificados o deteriorados, locales clausurados, puertas metálicas de seguridad “ciegas”, hacen sombrío el recorrido; balconaduras, carpinterías, ménsulas y cornisas en mal estado lo hacen peligroso para cualquier transeúnte, por lo que supondría el desprendimiento de algún fragmento desde las alturas; pero estos sólidos argumentos no pueden justificar un modus operandi sumamente peligroso: la práctica del “fachadismo”. Una actuación única sobre las fachadas, cuando los inmuebles están sobreocupados o arruinados resulta inadmisible, pues se estaría generando una escenografía para turistas.

Pero tampoco hay que descuidar la importancia suprema de la fachada en el escenario urbano y su enorme influencia en la percepción del lugar, lo cual pone sobre el tapete una cuestión de necesario análisis, cuando la rehabilitación total de los inmuebles es muy costosa y se aleja cada vez más en el tiempo: si bien la fachada forma parte del predio privado, ella también conforma el espacio público, por lo que resulta una “zona de frontera” que amerita un tratamiento diferenciado.

En tal sentido, sería lógico y necesario pensar en una acción que implicara la restauración de fachadas condicionada a la realización de acciones indispensables que mejoren la habitabilidad del inmueble, sin llegar a una profunda restauración.

De esta manera, los beneficiados con este tipo de acción no serían solo los residentes del inmueble “mejorado”, sino todos los ciudadanos en general que disfrutarían nuevamente de un ambiente más agradable y redignificado.

Otra acción que restablecería considerablemente la calidad del espacio público, de considerable bajo costo y alto beneficio, es un tratamiento inteligente de los vacíos o reservas urbanas debidas a demoliciones o ruina de edificaciones; en ellos pueden crearse servicios en construcciones ligeras o al aire libre que, además de hacer productivo el suelo mientras llega la inversión definitiva, cierre adecuadamente la línea de fachada e incorpore animación, evitándose de esta manera focos de insalubridad.

4. El Espacio público del Siglo XXI

Por ley del desarrollo, necesariamente hay que completar una vuelta en espiral: recuperar el espacio público implicará un retorno a lo esencial que le caracterizó, teniendo en cuenta elementos y sabias soluciones de otros tiempos, es decir, inspirarnos en la tradición, pero desde una perspectiva más elevada que incorpore todo aquello que nuestra época facilita. También habrá que corregir distorsiones complejas y revertir situaciones realmente perversas y muy enraizadas….habrá que cambiar mentalidades y facilitar nuevas formas de vivir el espacio público, garantizando cinco aspectos fundamentales: conectividad-movilidad, funcionalidad, seguridad, comodidad y belleza.

Otro elemento esencial es modificar la noción del tiempo en su relación con el uso del espacio público de la ciudad tradicional y su connotación. Conscientes de que es ir contracorriente, en una sociedad donde la velocidad se ha impuesto a costa de perder calidad de vida, donde el “tiempo es dinero”….pareciera una utopía plantear que es urgente serenar la dinámica del espacio público. Es una cuestión de esencial importancia para la salud de la sociedad y de los individuos. Se trata de contraponer la filosofía de la “comida rápida” a la de la “comida lenta”.

No por gusto se ha hecho alusión a varios términos (traducidos por no usar anglicismos) provenientes de la cultura occidental imperante. Porque si se trata de volver a las raíces, para enriquecer conceptos contemporáneos que hagan más amable el uso de la ciudad a través de sus espacios públicos, se impone retornar a hábitos de vida y generar otros nuevos que se distancian diametralmente de la filosofía que existe detrás de esas frases hechas.

En otras palabras, el espacio público será un lugar para disfrutar por todos con pleno derecho, donde no habrá perdedores y ganadores………más bien todos habrán de ganar; será un lugar donde el tiempo será también vida y no solo dinero; donde la “comida” entendida como una generalización de un ritual esencialmente social será lenta, es decir, que habrá tiempo para el disfrute de todo aquello que suponga un crecimiento humano, en tanto individuos o como colectividades.

El inicio de la reapropiación del espacio público estará garantizado si se cumplen al menos determinados principios:

  1. Asegurar una convivencia razonable entre el peatón y el automóvil privado, que puede conseguirse a partir de la nivelación de calles y aceras, para una más racional distribución de los espacios correspondientes a unos y a otros; también controlando la velocidad, las regulaciones de estacionamiento en la vía pública y el tipo de pavimentos.
  2. Estimular la reducción del uso del automóvil privado a favor de un transporte público eficiente y económico, una flotilla de taxis (que nunca se aparcan, si trabajan bien) y la generación de facilidades para el uso de bicicletas (ciclo vías seguras, servicio municipal de renta), todo ello pensado a partir de una inteligente articulación entre los diversos sistemas de transporte.
  3. Garantizar una accesibilidad universal, a partir de la eliminación de barreras de todo tipo para las personas con necesidades especiales.
  4. Incluir el verde en todos los lugares posibles: calles parque, jardines lineales, fachadas verdes, techos jardín……como una manera de enriquecimiento del paisaje urbano, reducción de la polución y creación de ambientes más cualificados.
  5. Consolidar la seguridad ciudadana, no solo a partir de acciones represivas, sino sobre todo con acciones disuasivas: iluminación pública, uso del espacio público con animación diurna y nocturna, heterogeneidad de usos y accesibilidad a ellos, presencia de vivienda en todos los sectores y, obviamente, trabajo de integración social y mitigación de la pobreza.
  6. Asegurar movilidad física y virtual que permita una conectividad efectiva y un flujo eficiente de personas e información. En la era digital, donde las nuevas tecnologías acercan a los individuos en el ciberespacio, a la vez que los alejan en el espacio real, el rol que juega la posibilidad de las redes inalámbricas de conexión a internet en los espacios públicos es fundamental, como un elemento de atraer y juntar en una gran nave – las áreas a cielo abierto – a los individuos que suelen navegar solitarios “mar adentro”.
  7. Considerar al espacio público como el lugar por excelencia para interactuar con el arte en general: una galería gigante, un museo enorme, un teatro singular……..donde las más disímiles manifestaciones artísticas pueden tener lugar de manera efímera, temporal o permanente. Esto permite democratizar el consumo cultural.
  8. Cuidar de manera especial el diseño del mobiliario urbano, la señalética y la información, como elementos no solo funcionales sino también de disfrute estético; desterrar la publicidad comercial.
  9. Garantizar un adecuado tratamiento de las fachadas, con las consiguientes acciones esenciales en los interiores de los inmuebles, y la imagen urbana en general, soterrando las redes de infraestructura para eliminar la contaminación visual que ellas provocan.
  10. Aprovechar los espacios intersticiales de gran escala en la trama urbana, los sectores de actividades obsoletas o abandonadas, para la creación de Grandes Espacios Públicos Urbanos que ayuden a “coser” la ciudad, a acercar y conectar lugares aislados, para generar nuevos flujos y encuentros.

– Notas:

1 Se da por descontado que en las zonas de suburbios urbanos, ciudades dormitorios, zonas periféricas marginales, u otros lugares de la ciudad segregada, los espacios no ocupados por parcelaciones o por edificaciones de diversa índole, sean estos formales o informales, privados o públicos, con independencia de la calidad ambiental que posean, son espacios residuales destinados a la circulación vehicular o simples zonas verdes debidas a las normativas de indicadores urbanos, que en muchas ocasiones de haberse previsto como áreas de todos, devinieron en zonas de nadie. Estos “no lugares” son transformables en Espacios Públicos, como es natural, pero no es objetivo de este artículo adentrarnos en este otro mundo.

2 Se trata de familias, generalmente mujeres y sus hijos pequeños, condenados al analfabetismo y al trabajo infantil, sin ninguna posibilidad de escapar del círculo de pobreza, reproduciendo el patrón social heredado de los padres.

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