La Habana, ¿una ecuación imposible? (y II)

16 Febrero, 2015

Por Carlos G. Pleyan. Colaborador docente y profesor Consultor en el programa de posgrado de Instrumentos para la intervención integral de la ciudad.

Preguntaba al inicio (ver anterior artículo) si la situación de la ciudad de La Habana planteaba ya una ecuación de solución imposible. No lo creo así. Pienso que hay respuestas factibles, pero solo si se renueva el enfoque en múltiples temas y si se toman decisiones audaces e innovadoras. Expondré a continuación cuales son, en mi opinión, esas claves del futuro sin las cuales no podrá salirse del actual atolladero.

Primero: reivindicar los valores de la ciudad

En los primeros años de la Revolución se manifestó un sentimiento anticapitalino en una parte de la población que no residía en La Habana, comprensible por los exagerados desequilibrios de nivel de vida heredados entre esta y el resto del país, en particular la zona rural. Por otra parte, las actividades turísticas y recreativas de la capital, que habían ido derivando hacia acciones mafiosas, de prostitución, corrupción administrativa y política, justificaban ese sentimiento antihabanero. El origen mayoritariamente campesino del Ejército Rebelde no hizo sino incrementar esa aversión por la vida urbana. Medio siglo después, ese enfoque ruralista, que todavía concibe la ciudad como un antro de corrupción que vive parasitariamente de la economía del resto del país, no tiene ningún sentido. Ya va siendo hora de superar definitivamente ese sentimiento que tanto daño le hace a la ciudad. Todavía en la actualidad pueden leerse, en la prensa oficial, textos de dirigentes que consideran más “razonable” la vida rural que la urbana.[9]

Ya señalaba que la concentración y diversidad de recursos materiales e intelectuales que interactúan en la ciudad hacen que sea un centro de alta productividad. Hay que verla como la principal fuente de empleo, generación de riqueza, desarrollo científico y expresión cultural del país. La ciudad es uno de los más complejos productos culturales, si no el que más. Muchas veces se aduce que estas afirmaciones son peligrosas e inviables en el sentido en que la propia urbe se pone en peligro por su indudable atractivo. Sería contraproducente, según ese enfoque, invertir en ellas puesto que cuanta más inversión, más atractivo, más inmigración y más demanda de inversiones. Ese supuesto círculo vicioso tiene más de fantasma que de realidad. De una parte, alguna solución habrá que encontrarle cuando se manifiesta como una tendencia mundial irreversible. De otra, el supuestamente inquietante despoblamiento del campo de hecho no amenaza en absoluto a la producción agrícola. Los actuales niveles tecnológicos permiten que economías fuertemente agrícolas dediquen contingentes laborales ínfimos a esas actividades. Uruguay, por ejemplo, un país de 3,4 millones de habitantes, con dos de ellos residiendo en la capital, Montevideo, y con una población rural de 7%, es un país con una agricultura tan potente que exporta anualmente seis mil millones de dólares en productos agrícolas —el sector ha crecido desde el año 2000 a razón de 18% anual). En contraste, en Cuba el empleo agrícola representa todavía 20% del total y solo produce el 3% del PIB, haciendo necesarias importaciones de miles de millones de dólares. Por consiguiente, el argumento económico antiurbano es manifiestamente débil. Como dijo un conocido alcalde y urbanista brasileño “¡La ciudad no es el problema, es la solución!”.

Segundo: dotar a la ciudad de un verdadero gobierno territorial, con capacidad de gestionar el plan

Hemos reivindicado el papel del planeamiento en la conducción del presente y el futuro de las actividades de la ciudad, pero hay que reconocer que hoy día el plan y el presupuesto que realmente se ejecutan no van mucho más allá de un conglomerado de decisiones sectoriales, no siempre coherentes, tanto en su secuencia temporal como, en particular, desde el punto de vista territorial. Es imprescindible “territorializar”, en un grado mucho mayor, la administración, los planes y los presupuestos. Lograrlo implica avanzar en dos direcciones.

De una parte, se requiere actualizar los enfoques y los métodos del planeamiento, de modo de articular mejor los planes estratégicos con los operativos. Todavía aquellos son meros compendios de deseos y buenas intenciones poco realizables, y los segundos, un agregado de decisiones sectoriales cortoplacistas. Hay que insistir, en particular, en que los planes no solo deben definir qué hacer, dónde, cómo y cuándo, sino con qué y con quién. No solamente los planes adolecen de una sorprendente ignorancia de los recursos financieros y materiales necesarios para su ejecución y están con frecuencia desligados de los presupuestos sino que, además, no crean los enlaces imprescindibles con las instituciones, empresas, entidades que deberían realizarlo. Como contrapartida, hay que evitar, con la misma decisión, una administración y gestión de recursos desligada del plan. A falta de ello, las respuestas estructurales seguirán divorciadas de los programas de inversiones.

De otra parte, no basta con defender la territorialización del presupuesto y la articulación del plan a la gestión, sino que ello no tiene sentido sin democratizar esa gestión urbana. Es necesario ver el urbanismo no solo como una técnica urbanística, sino, sobre todo, como una política pública, como un servicio público. Hay que repensar la relación entre la administración y los ciudadanos, e introducir la planificación y el presupuesto participativos. Es imprescindible un control ciudadano y democrático de las decisiones relacionadas con la ciudad, actualizando las rendiciones de cuentas. Habrá que reflexionar sobre la organización político-administrativa de una aglomeración urbana del tamaño de La Habana que mantenga una autoridad metropolitana, pero acerque la administración y su control al ciudadano y estudie la introducción de distritos como una variante más articulada con los Consejos Populares. Hay que tomar en cuenta que casi todos los municipios de la ciudad rebasan los cien mil habitantes y tres de ellos los doscientos mil. Del mismo modo, hay que repensar una redistribución de tareas entre los sectores público y privado, así como de las responsabilidades y atribuciones estatales y empresariales. Todo ello conllevará, obligadamente, a una revisión y fortalecimiento de las regulaciones urbanas y del derecho urbanístico.

Tercero: incrementar las fuentes de recursos

Es imposible enfrentar los numerosos problemas de la ciudad con el nivel de recursos hoy dedicados a ella. Lo primero sería poder calcular correctamente y conocer cuáles serían los costos de la reconstrucción. El idealismo económico que caracterizó, desde un principio, el manejo de los recursos financieros, junto con la complejidad actual de cualquier cálculo contable debido a la existencia de dos monedas y diversas tasas de cambio, hace extremadamente difícil cualquier estimación. De todas formas, para que se tenga alguna magnitud del asunto, los más recientes cálculos de la necesidad de inversiones para la ciudad sobrepasan los 16 000 millones (más de la cuarta parte del PIB nacional) a quince años vista (unos mil millones anuales). Y no solo es difícil calcular el costo de la reforma necesaria, sino que incluso es casi imposible evaluar los costos de construcción de una vivienda, debido a la deformación de la base de cálculo de sus precios.

Ante una situación de este cariz, es imprescindible abrir todas las vías posibles de financiamiento, desde el local hasta el internacional. Hay que activar los pequeños pero numerosos recursos locales, comunitarios y familiares, ya provengan del ahorro como de las transferencias externas. Recursos no solo materiales y financieros sino también humanos e intelectuales. Existen hoy en los barrios numerosas instalaciones estatales desactivadas, desocupadas, inutilizadas, que pueden aprovecharse. Debieran revertir hacia las municipalidades de modo que estas pudieran reactivarlas con fondos públicos o privados y arrendarlas para su explotación no estatal. Lo mismo pudiera hacerse con parte del suelo no construido. Por último, está casi íntegramente por explotar el variado y amplio recurso de los impuestos y contribuciones territoriales.

En segundo lugar, sería de interés económico incrementar las transferencias del presupuesto nacional hacia el territorio más productivo de la nación o, por lo menos, tratar de equilibrar la deuda acumulada durante medio siglo con la capital. Hay que formar un presupuesto provincial que pueda ser administrado por el gobierno de la ciudad. En estos momentos, la ciudad ingresa más de 3 400 millones de pesos al presupuesto nacional, pero solo gasta 2 300. Al presupuesto de la provincia se le asigna un centenar de millones anualmente para las inversiones con un enfoque territorial, mientras que los ministerios están invirtiendo en ella unos 2 000 millones con criterios sectoriales no siempre coordinados ni articulados.

Finalmente, hay que acabar de superar la aparente incompatibilidad entre inversión extranjera y soberanía nacional. En primer lugar, no tiene por qué ser aceptable cuando se trata de potenciar recursos nacionales como el níquel, el petróleo, el turismo, el tabaco, el ron o el azúcar, e inaceptable cuando se trata de potenciar los recursos urbanos en beneficio del país y de la ciudad. La rehabilitación de La Habana Vieja es una prueba palpable de ello, aunque hay que admitir que el país está insuficientemente preparado para ello. La mayoría de nuestros urbanistas saben planificar, proyectar y regular, pero muy pocos están preparados para negociar, ni existen las condiciones para poder hacerlo. No hay métodos claros para la valoración del suelo; los registros y el catastro son deficientes; los instrumentos fiscales para la recuperación de las plusvalías urbanas, prácticamente inexistentes. No hay que poner el grito en el cielo ante el negocio inmobiliario, sino aprender a utilizarlo con inteligencia, como se está haciendo en otros sectores (el ejemplo más reciente es la zona especial del Mariel).

La magnitud de los problemas de la ciudad y los cuantiosos recursos necesarios para su solución no permiten obviar ninguna de las fuentes de financiamiento, ni la local, ni la nacional ni la internacional.

Cuarto: renovar la base económica

El fortalecimiento de la base económica de la ciudad no tiene por qué repetir los esquemas que fueron validos en otros momentos. Es necesario potenciar una nueva economía, pasando de la ciudad industrial a la ciudad posindustrial, a la ciudad del conocimiento. El nivel de instrucción y de creatividad alcanzado por la población hace posible potenciar las economías creativas basadas en la innovación en sectores productivos y de servicios como la biología y los productos farmacéuticos, la informática y la programación de aplicaciones, el diseño en todas sus escalas y especialidades, las actividades culturales en todas sus manifestaciones artísticas y productos derivados. Se trata de actividades para las que la población está preparada y que tienen una localización urbana manifiesta, ofreciendo empleo con demandas menores de transporte, energía y suelo que la industria tradicional, y con menos contaminación.

Naturalmente, para lograrlo será necesario modernizar la infraestructura, pero ya no se trata solo de modernizar redes de electricidad, gas o ferrocarril como en la revolución industrial, sino de potenciar esencialmente la movilidad, tanto física como virtual. Uno de los factores que hoy más elevan los costos de producción y de funcionamiento de la ciudad es el descomunal e inútil gasto de tiempo. Se trata de una de las mayores reservas de eficiencia que debe tener hoy La Habana. Las carencias —en particular, del transporte público y, en menor grado, de la red telefónica—, los engorrosos, lentos y absurdos trámites administrativos, así como la práctica inexistencia de conexión a Internet, generan pérdidas de tiempo dramáticas, difíciles de cuantificar. Sería necesaria una gran voluntad política, decidida y manifiesta para revertir la situación. Y no se trata solo del derecho ciudadano a la información y el conocimiento, sino de que la conectividad es la base de la economía moderna. Desde las grandes empresas estatales, hasta los medianos y pequeños emprendimientos privados y cooperativos, necesitan esa conectividad como oxígeno para poder acceder y colocarse en un mercado extremadamente competitivo. Cada día que pasa es más difícil concebir una sociedad en desarrollo sin un desarrollo de la conectividad.

Por otra parte, los gastos actuales de tiempo para el transporte de personas, mercancías, información y valores financieros en el marco de la ciudad son insostenibles, puesto que se asemejan a los de grandes metrópolis de decenas de millones de habitantes y miles de kilómetros cuadrados, cuando La Habana es una ciudad pequeña y relativamente densa. O se logran financiamientos para crear un sistema de transporte colectivo eficiente, o habrá que comenzar una muy costosa cirugía urbana —no solo desde el punto de vista financiero, sino, sobre todo, patrimonial, recurso esencial de la ciudad— que abra autopistas, túneles, nudos viales, edificios de parqueo que, al final, no resuelven los problemas de tránsito, sino que los elevan a un nivel superior, ya que facilitan el tránsito privado y ello estimula una mayor privatización del transporte urbano.

Quinto: apoyar la construcción de un intenso tejido social

Lograr una activación del principal recurso de la ciudad —los propios habaneros— supone estimular y facilitar la asociatividad ciudadana desde abajo, ya sea por razones de vecindad barrial y comunitaria o por intereses profesionales, culturales, edades u otras pertenencias sociales. Hay que tomar en cuenta que la ciudad tiene hoy un nuevo perfil demográfico en cuanto a su estructura de edades, nivel de instrucción, tipo de familias, mientras que los valores y las normas sociales, así como las asociaciones e instituciones sociales no han evolucionado al mismo ritmo. Cada día es más urgente revitalizar o sustituir las verticalizadas y burocratizadas organizaciones de masas. Hasta el creciente y sostenido drenaje migratorio de jóvenes calificados está relacionado con las actuales dificultades de participación de las nuevas generaciones en la vida económica, social y política. La complejidad y la creatividad del tejido social urbano es lo que realmente puede activar las enormes reservas latentes de iniciativa e innovación.

Sexto: mirar adentro, identificar zonas de oportunidad

La ciudad de La Habana cuenta con enormes potenciales internos. La pérdida de función de grandes instalaciones urbanas como algunas terminales ferroviarias, zonas portuarias, aeropuertos, grandes almacenes, zonas o grandes infraestructuras industriales obsoletas, antiguas zonas militares, etc., abren la posibilidad de concebir e impulsar grandes proyectos urbanos que no solamente podrían atraer inversiones, sino que potenciarían cambios estructurales en la ciudad. Baste, como ejemplo, pensar en las formidables perspectivas que abre la desactivación del puerto habanero y las posibilidades paisajísticas, recreativas, ambientales, culturales, turísticas e inmobiliarias que contienen los 18 kilómetros de borde costero de la bahía y sus 1 700 hectáreas de superficie. Ello no solo permitiría devolver la imagen y el uso de la bahía a los habitantes de la ciudad, sino que haría posible el financiamiento de un gran número de obras infraestructurales que La Habana requiere con urgencia.

Existen, además, cerca de la ciudad, potenciales no menos importantes. La costa norte, en un frente de un centenar de kilómetros al este y al oeste, cuenta con numerosas y excelentes bahías (por ejemplo, la de Mariel) o extensas playas que constituyen un inmenso potencial económico (en el turismo, el transporte, la industria, etc.,) y que es absurdo desaprovechar.

Hay que mirar también hacia adentro, con la intencionalidad expresa de “hacer ciudad sobre la ciudad”. Esta ya más que demostrado que una ciudad dispersa es más cara en gasto energético, de transporte, de agua, de suelo, de redes infraestructurales, que una compacta. Hay que desarrollarla y modernizarla minimizando gastos de ocupación de suelo nuevo. Por otra parte, se debe y se puede optimizar el uso de suelo, construido y no construido, a través de gravar impositivamente el mal uso o el no uso del suelo y de las edificaciones. Demasiadas instalaciones están hoy cerradas y desocupadas, o tienen ocupaciones ínfimas —en particular, las de la administración estatal a todos los niveles (ministerios, direcciones provinciales y municipales)—, demasiados inmuebles tienen usos inadecuados (servicios convertidos en viviendas y viviendas en servicios). Si ya se ha activado este año un impuesto por la no explotación de la tierra agrícola, más sentido tendría haber introducido uno para el no uso de las edificaciones y el suelo urbano.

Dentro de la ciudad, habría que dirigir la mirada en particular hacia aquellas zonas más desamparadas y olvidadas. Una vez que se ha liberalizado no solo la construcción, sino el mercado de compraventa de viviendas, habría que refocalizar el esfuerzo y los recursos públicos en zonas con graves carencias. Por ejemplo, centrarse en la urbanización de las zonas al sur de la ciudad, o en la reconstrucción de barrios como el de Centro Habana, tareas que, de ningún modo, puede acometer la iniciativa personal o familiar, puesto que demandan proyectos, recursos, tecnologías y equipos que no están a su alcance tecnológico o financiero.

Séptimo: mirar afuera, resituar la ciudad en la región

Hay que abrir también los ojos al mundo y, en específico, a nuestra región. A inicios del siglo XX, La Habana era una ciudad de trescientos mil habitantes, mientras que Miami era una aldea que no alcanzaba los dos mil residentes. Al triunfo de la Revolución cubana, las dos ciudades igualaban su población en un millón y medio de habitantes. El siglo XXI encuentra una Habana de dos millones y un Miami de más de cinco. Durante casi cuatro siglos, la primera fue la “llave del nuevo mundo”. Ahora Miami es, sin duda, la ciudad dominante en la región. Y una de las bazas que debe jugar La Habana en los próximos años es, justamente, la de tratar de recuperar el rol de centro regional de comunicaciones que le arrebataron Miami y Ciudad Panamá. El nuevo puerto del Mariel puede ser un buen inicio.

Para lograrlo, habrá que repensar la relación entre las ciudades de La Habana y Miami y, en particular, los vínculos con la comunidad cubana residente en el Estado de la Florida. Hoy son unos setecientos mil los habaneros que residen en la ciudad de Miami —más de la mitad de ellos arribaron después del 90—; 1,2 millones los que viven en la Florida y 1,8 los residentes en los Estados Unidos. Es cierto que se trata de una operación donde aparecen riesgos y oportunidades, pero no lo es menos que la experiencia precedente —véanse los ejemplos de las comunidades en el exterior china, coreana, vietnamita…— indica que las ventajas de poder disponer de los capitales financieros y de conocimiento de esas comunidades ha vencido los riesgos inherentes. No hay razones de peso para que el caso de Cuba sea distinto.

En los últimos años, un espacio transfronterizo con flujos de diverso tipo se ha venido constituyendo. Los intercambios personales entre la comunidad cubana asentada en los Estados Unidos y los residentes en Cuba se están incrementando considerablemente. En los últimos tiempos, está ingresando más de medio millón de cubanoamericanos y más de cien mil norteamericanos al año. En 2013, casi cien mil cubanos visitaron los Estados Unidos —son más de trescientos los vuelos cada mes— y esos flujos se incrementarán dramáticamente el día que se levanten las restricciones sobre el turismo norteamericano. Cuba ha estado proveyendo mano de obra joven y calificada y Miami ha comenzado a devolver jubilados que regresan a terminar su vida en el terruño. Hay que añadir los intercambios de mercancías, que no se limitan a los cientos de millones de dólares de las importaciones gubernamentales de alimentos, sino que ha tomado fuerza un tráfico informal de productos que nutren los nuevos negocios privados y los hogares familiares, que ya supera los mil millones de dólares. No menos significativos son los flujos financieros provenientes de los Estados Unidos. Las remesas rebasan ya los dos mil millones de dólares y no solo van dirigidas al consumo familiar, sino que comienzan a convertirse en financiamiento para iniciar pequeños negocios, se colocan en el recién abierto mercado inmobiliario a través de familiares o testaferros, o constituyen fondos para la construcción o reparación de las viviendas. No hay que olvidar tampoco el movimiento de información, ya sea en términos de productos culturales enlatados —cine, TV, video, series, novelas, música, etc.— o, incluso, en el campo del imaginario, tomando en cuenta la tensión acumulada en decenios de distanciamiento, conflicto, añoranza y fantasías… Y hay que estar también atentos a aquellos flujos ocultos o furtivos cuyos efectos pueden ser devastadores entre dos realidades tan asimétricas (riesgo de enfermedades y epidemias, tránsito de drogas, contrabando, tráfico de inmigrantes ilegales…).

Si bien La Habana ofrece ventajas comparativas indiscutibles para un intercambio creciente (seguridad ciudadana, niveles de salud adecuados, rica cultura y patrimonio, belleza natural, hospitalidad, etc.), no es menos cierto que también presenta un buen número de debilidades. Estas van desde sus puertas de entrada —insuficiencia e ineficiencia en los aeropuertos, aduanas, marinas, trámites migratorios, transporte y comunicaciones internas y con el exterior—, a las debilidades normativas, administrativas y tecnológicas que limitarían o entorpecerían los intercambios —por ejemplo, los movimientos financieros automatizados, el registro inmobiliario, etc.—, agravado todo ello por las absurdas leyes del bloqueo.

De todas formas y a pesar de las dificultades mencionadas, es fácil pronosticar la futura articulación de una franja costera norte —que iría incluiría bahías, puertos, marinas y playas desde Bahía Honda, Cabañas, Mariel y Baracoa, hasta La Habana, Santa María del Mar, Jaruco, Matanzas y Varadero. Ello constituiría el marco regional adecuado de la revitalización urbana. Se trata de una franja de casi doscientos kilómetros, equivalente a la que va desde Homestead y Kendall hasta Boca Ratón y North Palm Beach, en la Florida. Constituirse en columna vertebral de esta región es una oportunidad que La Habana no puede perder.

El debate que nos espera

Definir y conducir el futuro de la ciudad no será tarea fácil, pero presenta retos apasionantes. Son muchas las cuestiones que habrá que dilucidar y que merecen y demandan de un amplio debate ciudadano. A continuación, algunas de ellas:

  • ¿Cómo balancear las inversiones estatales entre la oportunidad que ofrecen los atractivos potenciales que acabamos de mencionar de la costa norte y la necesidad de saldar la importante deuda urbanística adquirida con las zonas centrales o en la periferia sur de la ciudad?
  • ¿Cómo lograr preservar y rehabilitar el enorme patrimonio urbanístico de la ciudad y hacerlo compatible con el inevitable crecimiento del transporte urbano, público y privado?
  • ¿Cómo superar las debilidades existentes en términos de legislación, catastro, registro, fiscalidad, etc. para poder atraer inversiones inmobiliarias que aporten al remozamiento de las infraestructuras urbanas y al patrimonio edificado?
  • ¿Cómo lograr preservar la calidad y diversidad de la cultura nacional en todas sus manifestaciones —artísticas, patrimoniales, urbanísticas, de valores…—, frente a su posible banalización en una cada vez mayor apertura al turismo, al comercio, al intercambio y a la cultura globalizada?
  • ¿Cómo armar un espacio común —estatal y civil—, transfronterizo e interdependiente, con nuestros vecinos del norte, sin que sea deformado por asimetrías y desequilibrios excesivos?

Tales son solo algunos de los desafíos que tendrán que afrontar las nuevas generaciones de habaneros. Quisiera que estas ideas constituyeran un estímulo a su intervención en el debate y sumarme, con ello, a la reciente exhortación del arquitecto Mario Coyula en una de sus últimas entrevistas, cuando le preguntaron ¿qué debemos hacer por La Habana?: “Llorarla, gritarla, pelearla, aunque no haya esperanzas de triunfar. Exigir los cambios profundos de las causas que han motivado el deterioro físico, social y moral”.[10]

Publicado originalmente en octubre 2014, El Catalejo.


Notas

[9]. “La tendencia dominante es la de instalarse en las ciudades, donde la creación de empleos, transporte y condiciones elementales de vida, demandan enormes inversiones en detrimento de la producción alimentaria y otras formas de vida más razonables”. Véase Fidel Castro Ruz, “Mandela ha muerto: ¿Por qué ocultar la verdad sobre el apartheid?”, Granma, La Habana, 19 de diciembre de 2013.
[10]. Véase Félix Contreras, “El habanero Mayito”, Remembering Mario Coyula (blog), La Habana, 8 de septiembre de 2014, http://mariocoyula2014.wordpress.com/2014/09/08/el-habanero-mayito-por-felix-contreras/


Acerca del autor

Carlos G. Pleyan. Sociólogo y urbanista. Asesor del Plan Maestro del centro historico y del Plan Director de La Habana.

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Sobre el autor

UOC Ciudades es el programa de Ciudad y urbanismo de la UOC que incluye el título oficial de Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo.

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