¿Liderazgos populistas o ciudadanos empoderados?

25 Noviembre, 2015

El término populismo proviene del latín populus que significa “pueblo”, aunque como es sabido en la actualidad se emplea más bien como adjetivo político para designar despectivamente propuestas políticas a menudo de signos bien contrarios. Y es que el populismo no es patrimonio de nadie. O mejor dicho, todas las opciones políticas pueden contener un cierto grado de populismo. Algunas más y otras menos, algunas pueden ser muy populistas y otros lo pueden ser muy poco. Cada uno de nosotros debería ser capaz de saberlo discernir y actuar en consecuencia. Sea como sea su sentido despectivo proviene de asociar populismo a prometer cosas que luego no se harán, ya sea porque no se querrán hacer una vez alcanzado el poder político o sea porque simplemente no se podrá hacer todo lo que se había prometido. Tachar a alguien de populista implica igualmente acusarle de hacer demagogia, es decir de manipular los sentimientos de las personas en situaciones de gran fragilidad para conseguir su apoyo. El populismo se convierte por todo ello una especie de chantaje emocional que utiliza la situación de escasez económica, de precariedad, de injusticia social, para apropiarse de la voluntad de cambio radical de los ciudadanos: conseguir sus votos a cambio de la expectativa de cambiarlo todo.

Igualmente los liderazgos populistas en sus diversas expresiones suelen tener otro patrón muy claro: el culto a la personalidad, a una persona en concreto que casi dotada de súper-poderes será la que lo cambiará todo. Lo más chocante es que la individualización del liderazgo en una sola persona va acompañada habitualmente de llamadas constantes a la democracia y a la participación del Pueblo, de la gente, de los ciudadanos. Se suele recurrir a la emoción, al uso de un lenguaje vacío y inconcreto para mantener en lo posible la imagen de cambio, de transparencia, de pureza ideológica y asociar todos los atributos del cambio en el gran líder. En este proceso de sacralización de la figura del líder éste acaba siendo la propia fuente de legitimación de todo: el que define directa o indirectamente lo que es bueno, el que establece qué es participativo y qué no lo es, el que distingue lo que es progresista de lo que no lo es, lo que es neoliberal de lo que no, lo que es democrático y lo que no, lo que es patriota y lo que no lo es y así en un largo etcétera. En un liderazgo populista los ciudadanos externalizan su compromiso cívico en el superhéroe que lo resolverá todo. Y es por eso que el populismo necesita gente con una autoestima baja o muy baja, una ejército de
depauperados a ser posible que hagan del líder un auténtico salvador. Para los líderes populistas cuanto peor esté la gente mejor. Y por eso que actúan mejor y con más comodidad entre el
precariado, entre todas aquellas personas que por ejemplo sufren directa y personalmente los efectos de una grave crisis económica.

Vengan de donde vengan los liderazgos populistas suelen adoptar un discurso aversivo contra las élites (económicas, políticas o intelectuales en función de los casos), el rechazo a los partidos existentes (culpables de todos los males y de ningún beneficio), la denuncia de la corrupción sistémica de las instituciones y su constante apelación al pueblo como fuente legítima del poder. Las formas políticas populistas suelen rehuir las etiquetas izquierda-derecha y prefieren dividir el campo político entre dos campos antagónicos formados por una mayoría excluída, los de abajo, el pueblo, los ciudadanos y una minoría privilegiada, los de arriba, la élite, la oligarquía, los corruptos, los de siempre o los de antes. Es así como el panorama político queda simplificado de un salto entre “nosotros el pueblo” ante un “ellos-oligarquía”.

Es incuestionable que el mecanismo del populismo es eficaz para acceder al poder político tal y como demuestra la historia de la democracia. Sin embargo todo lo que tiene de eficaz para acceder al poder lo tiene de ineficaz para gobernar. El problema para el populismo comienza pues al día siguiente de acceder al poder. Una vez instalado en el gobierno el populismo suele sufrir una situación de bloqueo de muchas de las acciones previamente promesas porque choca con una realidad que -desgraciadamente- no se puede cambiar de la noche a la mañana. Es entonces cuando comienza la gestión de los hechos que siempre son menos ampulosos, más escasos y mucho menos movilizadores que las grandes proclamaciones. Prometer, crear expectativas, ilusionar, dibujar escenarios nuevos, magníficos, justos y solidarios, es relativamente fácil. Lo ciertamente difícil es convertirlos en reales. Los esquemas de los de arriba versus los de abajo, las élites versus los pobres ya no son útiles sencillamente porque la realidad se muestra mucho más compleja, mucho más gradual y los intereses de sectores sociales, económicos y políticos no son siempre coincidentes. La complejidad de los hechos no permite crear grandes expectativas, necesita pacto, negociación, ceder y aún así tratar de avanzar. No requiere grandes discursos ni despertar emociones, es menos generosa que la imaginación aunque es más tangible. La colisión pues entre las expectativas creadas a los ciudadanos y las dificultades para emprender cambios reales con resultados tangibles está servida y por eso se suele pedir entonces el debate, la calma y la paciencia que
previamente no se había querido conceder a los que gobernaban con anterioridad.

Ciertamente sería fantástico poder elegir un líder y esperar simplemente que nuestra realidad cambiara -a mejor- de manera radical. Desgraciadamente, no es así. Nunca lo es. Por eso la realidad política, social y económica es demasiado compleja y demasiado importante para dejarla en manos de liderazgos populistas. Y es que la mejora constante de la sociedad no puede depender ni de la aplicación de un modelo cerrado, aparentemente perfecto, ni de la voluntad de un liderazgo populista. Nada es perfecto. Tampoco se puede pretender cerrar soluciones eternas básicamente porque la sociedad es un cuerpo vivo en evolución constante, como nosotros mismos. Cuanto más democrática sea una sociedad más liberada estará de tener que recurrir a liderazgos populistas y por ello una sociedad madura y democrática necesita que se facilite la interacción constante entre los ciudadanos, la continua conciliación de las complejidades. La gran paradoja del populismo es que su peor enemigo no son ni las élites ni las grandes corporaciones ni incluso la corrupción sistémica sino los ciudadanos empoderados: aquellos que de verdad aseguran el cambio continuo en el poder institucionalizado, la democratización de la creación de riqueza o el permanente control en las tentaciones unidireccionales típica de los liderazgos populistas.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura Nueva economía urbana del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Politólogo y máster en Dirección pública. Consultor en gestión pública y economía social, cooperativa y colaborativa. rogersunyer.com / @rogersunyer / Linkedin
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