El catastrófico discurso de la mercantilización de la ciudad.

22 Diciembre, 2016

El catastrófico discurso de la mercantilización de la ciudad considera que vivimos una época lamentable porque la ciudad se está configurando desde lo mercantil: tiendas, hoteles, restaurantes, espacios comerciales fríos y asépticos, avanzan sin cesar sustituyendo –según esta visión catastrofista– a los antiguos barrios populares, populosos y vibrantes de nuestras ciudades; los hoteles y los pisos turísticos sustituyen masivamente a la vivienda residencial, a los cálidos hogares donde desde siempre la famílias se habían desarrollado felizmente. La dominación de lo mercantil -propio del presente- sobre las relaciones humanas -propias de un pasado que se desvanece a cada momento que pasa- queda plasmada en el surgimiento constante de nuevas actividades económicas al servicio de una población flotante. Huelga decir que según la visión catastrofista de la mercantilización de la ciudad dichas actividades económicas transforman negativamente la estructura productiva urbana: lavanderías con trabajadores invisibles sustituyen las lavanderías populares de antaño, las molestas maletas con ruedas sustituyen los bonitos carretones de la compra de nuestras madres y abuelas, los cafés cuestan el doble y los bares de siempre –aunque rancios pero populares- desaparecen. Y por si no fuera poco incluso uno puede pasear por la calle y ver anuncios en ¡Inglés, ruso o alemán! El vecindario de toda la vida, que forjó estrechas y fructíferas cotidianidades, luchas colectivas y relaciones de exquisita fraternidad es expulsado por la mentalidad mercantilizada y solo es aceptado en este nuevo mundo codicioso como trabajador temporal y precarizado. Vidas y trabajos con nombres y apellidos, con caras reconocibles son sustituídos por tránsitos y actividades indiferentes con el entorno, por usuarios que solo mantienen una relación contractual y mercantil con el espacio. Las charlas de los obreros en los descansos de las fábricas desaparecen, las estampas de mujeres conversando agradablemente, de balcón a balcón, forman parte ya del recuerdo. Y es que para el nostálgico discurso de la mercantilización de la ciudad los antaño barrios populares son borrados del mapa ciudadano por una fuerza activa de disociación social que repele la comunidad y la asociación, la fraternidad vecinal. El discurso catastrófico nos advierte que la ciudad entera corre el riesgo de convertirse en una gran hotel, en un inmenso aeropuerto, en una máquina de vending, en una terminal infinita, en un juego de Monopoly solo apto para inversores. Y todo ello no es casual, nos advierte. Para el discurso catastrófico de la mercantilización de la ciudad todo ello es la consecuencia de una economía concreta, de una forma capitalista de producir el espacio; es el régimen de acumulación turístico-inmobiliaria, es el resultado de las prácticas rentistas, cuyos ejemplo paradigmático -como no podía ser de otra manera- son los denostados pisos turísticos.

Más de allá del tono apocalíptico y de otras muchas consideraciones que se le podrían hacer, lo paradójico del discurso catastrófico es que basa lo definitorio de la ciudad en lo no comercial cuando casi podríamos decir que ciudad es sinónimo de comercio, y por lo tanto de relaciones mercantiles. Y es que ya desde el lejano siglo VIII el florecimiento de pequeños nucleos de población tiene que ver fundamentalmente con el auge de las relaciones comerciales. El intercambio, la importación y exportación de productos atrae a un sinfin de personas del campo a la ciudad seducidos por la posibilidad de liberarse mediante el lucro, la obtención de beneficios a través de la producción y/o intercambio de algo y por la consecuente expectativa de poder dejar atrás la relación de servidumbre o de semiesclavitud propia de la sociedad feudal. Así herreros, carpinteros, pelliceros, zapateros y tantos otros negocios crean ciudad al mismo tiempo que atraen nuevas actividades comerciales en un auge comercial que provoca por sí mismo a partir de los siglos IX y X el nacimiento de ciudades. Es por lo tanto -contrariamente al discurso catastrófico de la mercantilización de la ciudad- entorno a ferias y enclaves comerciales de importación y exportación de mercancías, donde se configuraran buena parte de las ciudades medievales que han llegado hasta nuestras días. Y mientras la Iglesia Católica trata de impedir como sea ese cambio radical demonizando toda relación comercial que vé como un pecado de lucro y avarícia, las ciudades siguen su curso porqué lejos de rechazar las reglas de mercantilización, hacen de ellas el germen de una nueva realidad urbana. Y ello parece del todo lógico porque es mediante las reglas del comercio que se posibilita la liberación de la servidumbre y del semi-esclavaje al señor feudal. Más que oprimir es justamente la relación mercantil la permite gozar de una libertad sin precedentes y la que hará famosa la frase “el aire de la ciudad hace libre”.

Las relaciones comerciales han construido nuestras ciudades por lo tanto y lo siguen haciendo -como no podía ser de otra manera- mil años después. ¿Porqué entonces está obstinación en denunciar las prácticas mercantiles en la configuración del espacio urbano? ¿Porqué esta persistencia en oponer relaciones humanas, francas y solidarias, con relaciones mercantiles, frías, egoístas e insolidarias? El discurso catastrofista de la ciudad insiste en situar así a todo tipo de operador bajo el mismo epígrafe: es lo mismo un ciudadano que alquila un piso a un turista que una gran empresa hotelera, es lo mismo la terraza de un pequeño restaurante que la de una gran cadena de restauración, lo mismo representa una pequeña empresa mercantil que una gran corporación. Para el discurso catastrofista de la mercantilización de la ciudad como en el siglo XII, el pecado es anteponer lo mercantil a lo humano.

Ciertamente es comprensible que ante los efectos de la globalización haya movimientos y tendencias a cerrarse, a resistirse al cambio, a reacciones resistencialistas o tentaciones a crear burbujas temporales de autonomía que tiendan a aislarse para acercarse a la pureza de unas relaciones no mercantilizadas, auténticos espacios dotados de épica -y estética- revolucionaria configurados a partir de la confrontación con un entorno impuro y totalmente mercantilizado. Es indudable que uno se acerca más a la pureza cuanto más corte toda relación con
cualquier sistema económico, social o cultural dominante, puesto que un diálogo con la realidad dominante solo puede conyevar ceder en los propios principios fundamentales. Los millares de eremitas que en el siglo III poblaban el desierto egipcio de la Tebaida lo tenía claro: había que alejarse como fuese del mundo material.

El problema actual es que cuanto más puros se pretendan aquellos que demonizan la creciente mercantilización de nuestras ciudades, cuando más se quiere cerrar la relación con el sistema dominante más se favorece la mercantilización de la ciudad en beneficio exclusivo de grandes operadores globales, más nos aleja de una economía ciudadana, creada, gestionada y orientada en sus efectos por sus propios ciudadanos. La paradoja es que el catastrófico discurso de la mercantilización de la ciudad obtinándose en una separación fictícia entre lo humano y solidario por un lado, y lo mercantil y desprovisto de atributos ciudadanos por el otro, termina favoreciendo a los grandes operadores, a las grandes corporaciones capaces de superar cualquier resistencia o freno que se les ponga por delante que trate de impedir optimizar su capital. Quizás para algunos eso sea deseable por aquello de cuanto peor mejor, quizás porque así queda más patente lo diabólico del capitalismo, pero para otros sin duda la crítica a toda forma mercantil privada es un error, especialmente si de lo que se trata es de construir una economía ciudadana, donde los ciudadanos gestionen mayoritariamente los medios de producción de una ciudad determinada. El problema por lo tanto no debería ser la existencia de relaciones mercantiles en la ciudad ni que estas tengan impacto en la configuración del espacio privado y público, sinó quien debe liderar esos procesos mercantiles y quien debe beneficiarse principalmente de ellos…si los ciudadanos pueden aspirar, más que a ser receptores de una redistribución fiscal, a ser y actuar como productores.

La cuestión por lo tanto no debería ser como en el siglo XII, mercantilización si o mercantilización no, sino que tipo de operadores deben priorizarse en las relaciones mercantiles urbanas: si priorizamos al ciudadano particular frente a una gran empresa, si apostamos por la pequeña y mediana empresa frente a grandes corporaciones globalizadas o, más allá de la redistribución económica, qué grado queremos de democratización en la creación y producción de la riqueza de nuestras ciudades.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura Nueva economía urbana del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Politólogo y máster en Dirección pública. Consultor en gestión pública y economía social, cooperativa y colaborativa. rogersunyer.com / @rogersunyer / Linkedin
...

Comentarios

Deja un comentario